Adiós Juan Gabriel {gracias por tanto}

Adiós Juan Gabriel.

Adiós Juan Gabriel - SAVOIR FAIRE by enrilemoine
Foto vía @JuanGabrielOficial

Adiós Juan Gabriel. Cualquier cosa que diga va a sonar cursi, kitsch y hasta ridícula. Alberto Aguilera Valadez en cambio, tenía el don de la cursilería. Era cursi hasta la médula y allí precisamente radicaba su encanto. Se maquillaba y se arreglaba el cabello como una abuela que no se deja ver las canas. En los últimos años había ganado mucho peso y usaba la ropa suelta, las camisas por fuera, los sacos anchos y coqueteaba como nadie con sus bufandas, pañuelos y mascadas.

Todo eso me tenía sin cuidado. A mí me gustaba y me sigue gustando Juan Gabriel por otras razones. Entre ellas: porque era una hipérbole, una exageración ambulante, porque creó su propio estilo de componer y cantar canciones de amor, porque no se parecía a nadie, pero sobre todo porque fue un provocador, una figura ambigua que, en un mundo de machos, se hizo adorar por mujeres y también por hombres de pelo en pecho quienes hoy lloran su partida.

Cuando llegó a mi vida, para quedarse, a mediados de los 80’s, compartía el Olimpo de los intérpretes mexicanos con José José y Emmanuel, a quienes entrevisté cuando todavía no me había graduado de periodista y era redactora en la revista Kena en Caracas. Sin embargo, nunca tuve la fortuna de poder hablar con quien fuera el más grande de todos.

Lo vi en persona, en el verano de 1995, en un concierto a casa llena en el Radio City Music Hall en Nueva York. Salí estresada de esa presentación, convencida de que hasta ese día podría cantar. Tal era lo que forzaba sus cuerdas vocales, en sus performances en los que se entregaba todo, que terminaba sus shows casi sin voz.

No hay mariachi que se respete que no interprete sus canciones que hablan de amores de bonitos, incomprendidos, imposibles, eternos e inolvidables, y la carrera musical de intérpretes como Rocío Durcal, Isabel Pantoja o Ana Gabriel —quienes me acompañaron en mis tiempos de estudiante universitaria— habría sido otra, sin las canciones que El Divo de Juárez compuso para ellas. Ícono de la música pop hispanoamericana, se dio el lujo de grabar duetos con artistas de nuevas generaciones como Natalia Lafourcade, Juanes y Marc Anthony.

Precisamente en el video que grabó con Marc Anthony, apareció con una guayabera bordada con rosas multicolores, todo tan Juanga, siempre tan Juanga. Hacía que bailaba salsa y me dije: mira que sí es grande este Juan Gabriel, que lo veo cantando con Marc Anthony y termina gustándome más que mi flaco adorado… Y es que así era su presencia y su persona… un verdadero showman, un monstruo, un gigante del espectáculo.

Esta mañana, cuando apenas terminaba de escribir este, mi tributo al compositor y cantautor mexicano que me regaló tanta felicidad por tantos años, también pude verlo en un video que me dejó sin habla. Con el estilo rocambolesco que lo caracterizaba, le cantaba Las Mañanitas al sátrapa que tiene a Venezuela, el país donde nací y me crié, sumida en la más atroz de las miserias.

Me quedé sin aliento. No tenía necesidad, pensé. No hacía falta. Y hasta me pregunté si tendría sentido publicar estas líneas. Entonces pensé que a veces los artistas, en su afán de agradar y complacer, se equivocan. Ni lo culpo ni lo disculpo y no soy quien para juzgarlo. Y apartando la pena que me produjo verlo en esos avatares, pues mentiría si no dijera que sí estoy tristísima con su partida. No importa que haya sido tan prolífico y exitoso. No tenía derecho a irse tan temprano y sin despedirse.

Adiós Juan Gabriel. Gracias por la música, por las risas y las lágrimas. Adiós Juan Gabriel, gracias por tanto.

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